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Día de la madre

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GEMA CÁRCAMO, de Madrid...
Mamá de los gemelos Roberto Carlos y Francisco José que nacieron el 17 de octubre de 2000.

Como tantas mujeres en la humanidad, a mí me entraron las ganas de procrear cuando tuve a mi pareja conforme y decidida de su capacidad de ser padre.

Gema con Roberto Carlos y Francisco José.

Siempre había soñado con tener muchos hijos, de hecho mi abuela materna así lo hizo, tuvo siete hijos, aparte de los que perdió en abortos y un parto prematuro. Desde muy pequeña me fascinó el mundo de la maternidad, me llamaba sobre todo lo relacionado con el embarazo y el parto. ¡Cuantas veces releí una y otra vez la enciclopedia sobre la maternidad que mis padres tenían en casa, a veces sin saber lo que estaba leyendo. Pero fue pasando el tiempo, y cuando me casé enseguida pensé en traer al mundo un bebé. Tuve que luchar mucho por ello. No por infertilidad, ni por esterilidad, sino por una depresión que andaba coleando de años atrás y que mantuvo en una ocasión ingresada y que fue tratada con los antidepresivos de costumbre. Fueron muchos años con esa horrible enfermedad, me hizo mucho daño, aun no sé qué ni quién la causó. La he justificado de miles de formas, y aun hoy sigo con la misma duda; ¿sería por ser tan perfeccionista? De la forma que fuere, el caso es que me costó mucho desquitarme de esa lacra, de la medicación, que me hacía padecer unos fuertes síntomas de abstinencia, a pesar de haberme dicho que no debería haberme dado problemas para eliminarla de mi cuerpo. Me costó un año entero resolver el problema, pero en Agosto de 1999 lo conseguí, y esperé un tiempo para limpiarme. En Octubre me daba cuenta de que estaba embarazada. Me entusiasmé, pero por desgracia, como a tantas y tantas mujeres, lo perdí a la primera de cambio. Quizás no cuajó desde el principio, quizás era un huevo inútil, y confié en que la naturaleza hacía su propia selección natural. Toda mi familia esperaba con el aborto una recaída, pero no fue así. Me mantuve firme, esperé lo que pidió el cuerpo, y lo volví a intentar. Esta vez con más cuidado, con ácido fólico enriquecido con calcio. Pero llegó diciembre y no me quedaba, y encima veía como mi cuñada se embarazaba en ese mes. Pensaron que me ya me estaba obsesionando. El mismo día de nochevieja aparecía la menstruación y la maldije. No tenía que haber venido. Tenía miedo. ¿Y si ahora no podía tener hijos? Con la llegada del nuevo siglo, el año 2000, le pedí con fuerte deseo y se me concedió. Iba a ser madre para Noviembre del 2000. Ni siquiera sabía que estaba embarazada cuando visité a una prima de mi marido que acababa de dar a luz a un par de mellizos preciosos. No lo sabía, pero en mi cuerpo ya había una semilla dividida en dos, dos pequeños brotes de vida que me harían la mujer más feliz del mundo. Mi Roberto Carlos y mi Francisco José. Nadie daba crédito a lo que estábamos viviendo. Nadie se dio verdadera cuenta hasta que el 17 de octubre esperaban ansiosos a las puertas del paritorio, el feliz desenlace. Tras un embarazo de reposo relativo por discordancia de pesos, lo que los médicos llamaban un crecimiento intrauterino retardado, un mes de reposo absoluto en el Hospital en seguimiento fetal, y un malogrado nacimiento natural, venían al mundo a las 18:40 y las 18:50 de la tarde de ese 17 de octubre del 2000. Por fin era madre. Lamenté no haber podido abrazar a mi primer hijo, ni siquiera ver a mi segundo retoño. Nadie me dijo si quiera si estaban bien. Me durmieron o me dormí, y me perdí su saludo inicial. Me ha marcado mucho, lo he echado mucho en cara, a los profesionales los primeros, a mi marido, por no pedir recogerlos, con el derecho de padre que le pertenecía. Eran muy preciosos, pero no los conocí hasta el día siguiente. No sabía dónde mirar, dónde estaban. ¿Acaso eran míos? Llegué a pensar que no, que me los habían robado. Una enfermera me regañó por tocar a mi hijo, que delgadito, sin apenas grasita, víctima del CIR que me había tenido atada a la cama casi un mes, estaba solito en la incubadora, sin la compañía de su hermano mayor. El por lo menos dormía en una cuna. Todos se olvidaron de preguntarme si quería darles el pecho. Se habían apresurado a darles un biberón y se habían burlado de mi capacidad como madre para alimentarles. Me aconsejaron que pidiera en planta un extractor manual de leche para estimularme cada 3 horas hasta el día siguiente, en que empezaría mi función de madre. En planta las enfermeras me dieron el sacaleches que pedí, pero me quedé de piedra. ¿Dónde metía la leche? Me dijeron tan a gusto que la tirara. ¿Cómo era posible? ¿Cómo iba a tirar el calostro por las cañerías del hospital? En la primera extracción me asombró mi cuerpo, porque respondí a la primera, lo cual agradecí después de la sensación que traía tras la cesárea, y recogí el espeso líquido amarillento del calostro en un vaso y me negué a tirarlo. Cuando por la mañana llegaron a cambiar el vaso me volvieron a regañar, porque ahora el vaso lo tenían que tirar. ¿Qué clase de sensibilidad tenía esa gente en las entrañas? Bajé a dar el pecho al único que permitieron darle, y se cogió a la primera. Por primera vez me sentí madre, aunque entre las paredes transparentes de la incubadora había otro pedazo de mí que hacía pucheros de tristeza. Yo creo que sabía que no le iban a dejar mamar de la teta de su mamá. Cuando acabé me animaron a sacarme leche en el extractor del hospital, y por lo menos Francisco iba a tomar su leche de mamá, aunque fuera en un bibe de cristal. Así pasó el tiempo, y un día a una enfermera despistada se le ocurrió preguntar si le daba de mamar también a Fran. Me aproveché de su ignorancia y le dije que sí. Completé mis ansias de maternidad con mi segundo gemelo en brazos mamando felizmente de mi pecho. Luego en casa todo han sido alegrías, verlos juntos en la misma cuna, como dos ratitas pequeñas, probar la lactancia a la vez, ver llorar a la abuela con la escena, compartir las noches con el papá, que no hacía más que caérsele la baba cuando hablaba de ellos. A mí desde luego me tenía que subir las bragas cada vez que los miraba, pero a estas alturas a qué madre no se le han caído las bragas y todo lo caíble. Sangre de nuestra sangre, el sexo y el amor hecho carne en dos cuerpos nuevos. Me he entregado en cuerpo y alma a la crianza de mis hijos, me he sacrificado por ellos cuando no ha habido más dinero y la vida nos empujaba a buscar un nuevo empleo. No me podía quitar a mis hijos de la mente, y pensaba en la pobre de mi madre a solas con ellos, los madrugones por dos duros, y decidí esperar a que el Estado les medio obligara a entrar en un centro educativo. El próximo Septiembre, acercándose a los tres años de mi estrenada maternidad, volveré a completar un paso más como madre. Seré madre, y ellos hijos y alumnos. Yo en casa, y ellos en el colegio. Yo intentaré volver a reincorporarme al mundo laboral, y la vida seguirá. Ellos me seguirán dando alegrías, algún disgusto de vez en cuando y cuando menos me lo espere me traerán a las novias, me darán nietos, y todo volverá a empezar. Pero esta vez procuraré que la maternidad que sufran con sus mujeres sea un poco mejor que la mía, que vayan más informados, y nadie les tome el pelo creyéndoles ignorantes.

SOLO SÉ QUE NO CAMBIARÍA SER MADRE POR NINGÚN OTRO TESORO. ES LO MEJOR QUE LA VIDA TE PUEDE DAR.

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