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Los tuscarora, una de las tribus iroquesas,cuentan lo que sigue:
En el principio de los tiempos, una mujer en cinta de gemelos cayó por un orificio del mundo superior donde vivía hasta nuestro propio mundo, que entonces era un desierto envuelto en tinieblas, uno de los gemelos portador de un espíritu malo, salió por la fuerza del cuerpo de su madre, lo que la mató. El buen gemelo se dedicó entonces a crear plantas y animales. El malefico trató de imitarle, pero sólo consiguio crear regiones desérticas y reptiles. El fue quien creó el cuerpo de los hombres, mientras que su hermano el bueno les daba las almas. Finalmente, el gemelo malefico retó a su hermano a un combate singular, duelo en que estaba en juego la dominación del mundo. Perdió, y desde aquel momento quedó condenado a reinar sobre los muertos y a ser para siempre un espíritu del mal.
Tomado de: www.churchforum.org/santoral/julio/1807.htm
Nacieron en Balcagia, la actual Baiona de Pontevedra en Galicia (España), por el año 119, siendo hijas de Lucio Castelio Severo, gobernador romano de Gallaecia y Lusitania y de su esposa Calsia, quien da a luz en un solo parto a nueve niñas mientras su marido esta fuera recorriendo sus dominios. Asustada Calsia por el múltiple alumbramiento y temiendo ser repudiada por infidelidad conyugal decide deshacerse de las criaturas y se las encomienda a su fiel servidora Sila, ordenándole que bajo el mayor secreteo las ahogara en el río Miñor.
Sila, cristiana a carta cabal, lejos de cometer tan horrible crimen, las dejaría en casa de familias amigas y las criaturas fueron bautizadas por el obispo San Ovidio y criadas en la fe cristiana.
Llegado el momento tuvieron que comparecer ante su propio padre acusadas de ser cristianas, el cual al saber que eran sus hijas las invita a que renuncien a Cristo a cambio de poder vivir rodeadas de los lujos y comodidades propias de su nacimiento. Las encarcela tratando de atemorizarlas pero logran huir de las garras de la cárcel y se dispersaron. Todas ellas, no obstante acabarían siendo mártires cristianas.
La devoción popular sitúa a Liberata y a Marina (hermanas) mártires en la cruz a la edad de 20 años el 18 de enero del 139.
La fiesta de Santa Liberata se celebra el 20 de julio por ser la fecha en que se trasladaron sus reliquias desde la ciudad de Sigüenza a la Baiona gallega en el año 1515.
Tomado del libro "Leyendas y anécdotas del viejo Madrid"
Augusto y Laureano eran hermanos mellizos, jóvenes y fuertes, recién salidos del
colegio. Tal cual como anda un joven cuando termina un ciclo de escolaridad,
Augusto y Laureano andaban como distraídos del mundo, vueltos hacia dentro de sí
mismos averiguando cómo embarcarse hacia el incierto porvenir de la madurez.
Una mañana Laureano gritó que por fin había encontrado su verdadera vocación y
que iba estudiar medicina. Diez minutos después Augusto anunció: "Encontré mi
vocación, voy a ser asaltante."
Laureano se zambulló en la anatomía, la fisiología y la cirugía. Mientras
Augusto perdió el sueño estudiando los movimientos de las casas de la gente
rica, anotando características de los comercios y merodeando Bancos en sus
momentos clave.
No es por decir y sin desmerecer a nadie, pero ambos mellizos se quemaron las
pestañas estudiando: Laureano escrutando el microscopio, Augusto revisando
combinaciones de cajas fuertes. Uno memorizaba fármacos y fórmulas de química;
el otro aprendía precios y lugares para reventa de joyas, electrodomésticos y
obras de arte. Apenas dormían.
"Voy a la facultad para dar un final de histología. No me esperen para comer,
además que estoy con una práctica de fisiología."
"A mí tampoco me esperen. Hoy tengo un curso de tiro al blanco y de cerrajería,
además tengo que visitar e inspeccionar la zona."
Un día Laureano recibió su título de médico, y al día siguiente Augusto hizo su
primer robo a mano armada. Mientras uno cumplía guardias hospitalarias
agotadoras, el otro hacía rondas nocturnas interminables a la pesca de
incautos.
"Esta mañana salve a una anciana", decía uno.
"Esta mañana me salvé de los policías", decía el otro.
La fama del médico crecía, lo mismo que la fama de su hermano. Pero mientras al
médico el trabajo se le hacía cada vez más llevadero por el cariño y el
reconocimiento de la gente, al otro la vida se le volvía cada vez más solitaria
y desconfiada. El día que nombraron a Laureano director del hospital, los
vecinos hicieron un asado. El día que llevaron preso a Augusto, la familia le
llevó a la comisaría unos versos de José Hernández:
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