La justicia británica declara padre legal al «donante» de esperma tras un error en la fecundación «in vitro»
Parte del proceso de fertilización in vitro en un laboratorio. G. CRUZ
JOSÉ MANUEL COSTA
La sentencia intenta ser salomónica: los niños conocerán su paternidad real, pero vivirán con su madre y el padre actual podrá adoptar a los pequeños
LONDRES. El Alto Tribunal de Londres sentenció ayer que el padre biológico de unos mellizos nacidos a causa de una confusión en el proceso de su fertilización in vitro debe ser su padre legal. No obstante, los niños permanecerán con su madre, cuyo marido procederá a adoptar a los pequeños. En un juicio posterior se decidirán los derechos que le corresponden al padre legal, así como el régimen de visitas y otros detalles prácticos.
A principios de julio del pasado año, saltó la noticia de que una pareja blanca había tenido unos mellizos negros tras someterse a la inseminación «in vitro» en una clínica de Leeds. Aparentemente, era la primera vez que un caso de estas características sucedía en el Reino Unido, pero los padres británicos que hayan acudido a ese método como último recurso para tener descendencia, pueden sentir una cierta inseguridad, teñida por la angustia, sobre si los hijos que han echado al mundo son suyos en el sentido genético.
La respetada juez Elizabeth Butler Sloss, presidenta de la sección de Familia del Alto Tribunal, sentenció en primer lugar que Mr. B (los nombres no pueden publicarse para proteger la intimidad de los implicados) es realmente el padre biológico de los niños y luego argumentó la decisión sobre reconocer su paternidad legal pero exigiendo que la pareja permanezca con su madre y su marido (Familia A) diciendo: «Aunque (los niños) pierden la certeza inmediata sobre que Mr. A sea su padre legal, permanecerán en un hogar estable, seguro y cariñoso. Asimismo, tendrán la ventaja de preservar la realidad de su identidad paterna».
Peculiaridad legal
La adjudicación de la paternidad en esta situación tiene que ver en realidad con una peculiaridad de la ley británica, según la cual el marido de una mujer que ha dado a luz mediante fertilización «in vitro» con esperma de otro hombre, es también el padre legal si ha consentido el procedimiento. En este caso, se argumentó en el tribunal, Mr. A sólo había dado su consentimiento para que Mrs. A fuera fecundada con su propio esperma, no con el de Mr. B o cualquier otro.
El juicio en sí no fue áspero y ambas familias se agradecen mutuamente el respeto y la sensibilidad que han mostrado hacia la postura de la otra parte, pero eso no impide, como decía la juez Butler Sloss, que «estas familias hayan pasado por una experiencia asombrosamente traumática. Siento una gran simpatía por estas familias y los niños y creo que lo mejor es dejarlos tranquilos».
La sentencia de ayer no tendrá demasiada transcendencia jurídica simplemente porque se refiere a un caso extraordinariamente raro y, por lo tanto, será aplicable sólo cuando vuelva a producirse uno similar, algo que la Autoridad de Fertilización y Embriología Humana -la institución que regula los tratamientos de este tipo en Gran Bretaña- espera impedir con las nuevas medidas de control que ya han sido presentadas y han comenzado a aplicarse.
Por supuesto, este no es el primer caso de confusión en una fecundación in vitro, ni siquiera el primer juicio realizado al efecto. En 1999 una neoyorquina de origen italiano, Donna Fassano, de 40 años, dio a luz a un niño negro junto a otro blanco. Según se llegó a saber, para fecundar sus óvulos se había utilizado el esperma de su marido y el de Robert Rogers, un hombre de color que había acudido con su mujer a la misma clínica de Manhattan para proceder al mismo tratamiento. Un juez sentenció que el niño de color debía ser entregado a su padre biológico. En Holanda, Wilma Stuart, también de 40 años, tuvo unos mellizos de color en 1993. Al final, la clínica reconoció que habían confundido el esperma de su marido con el de un negro antillano. Como se observa, estos casos únicamente salen a la luz cuando, por así decir, saltan a la vista. Pero las equivocaciones existen. En septiembre del año 2000, dos hospitales ingleses admitieron haber perdido diez embriones congelados de otras tantas mujeres sometidas a tratamientos de fertilidad. Es más fácil confundir dos tubos de esperma que perder óvulos fecundados.
A más fecundaciones más riesgo
Pese a los casos contados, los expertos en reproducción asistida insisten en que se trata de casos excepcionales y puramente anecdóticos. La seguridad de que cada embrión, óvulo o muestra de esperma sea el correcto es uno de los factores de mayor estrés para quienes trabajan en este campo. La vigilancia es extrema, aunque puede haber fallos en un proceso tan delicado. Un estudio norteamericano estimaba que los centros que realizaban más de mil fecundaciones artificiales cada mes tenían un mayor riesgo de cometer un error.