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Su alumbramiento fue noticia. ¡Cuatrillizos! Su madre, Vicky Domínguez, relata cómo ha cambiado la vida en su casa de Ordizia en estos casi nueve años.
ANE URDANGARIN/
SAN SEBASTIÁN. DV. A Vicky Domínguez le gusta la playa, pero echando la vista atrás, sólo recuerda tres visitas a La Concha en la última década. «Es que no les puedo traer. Me vuelven loca». Tres son también las lavadoras que ponen en casa cada día, aunque hay jornadas en las que la colada no se acaba nunca. Así que están pensando en adquirir un aparato más grande, de ocho kilos. Últimamente ha comprado tres pares de zapatillas a los chicos, que no paran de gastar suela jugando al fútbol. Las cuentas de la compra no suelen bajar de las tres cifras. Las de la luz, tampoco. Parece que el tres es el número de esta familia de Ordizia, pero en realidad su vida está marcada por el cuatro: el número de bebés que tuvieron, de sopetón, hace casi nueve años.
Se llaman Maite, María, Joseba y Asier, y antes de que nacieran ya eran conocidos. Su gestación y alumbramiento causó gran expectación en Gipuzkoa, donde apenas se recordaba otro caso de cuatrillizos. En principio, Vicky y su marido Joseba buscaban un hermanito para Iñaki, que entonces tenía 5 años. Recurrieron a la reproducción asistida y ella se quedó embarazada... ¿de cuatro! «Fue un shock tremendo. Cuando me lo dijeron, comencé a llorar y no podía parar. Salí de la consulta en Bilbao y cuando llegué a Ordizia seguía sollozando».
Los médicos les explicaron que era probable que alguno de los fetos se malograra. «Pero se agarraron bien». También les ofrecieron la opción de llevar a cabo un aborto selectivo. «Ni lo pensamos». A los tres meses tuvo que dejar de trabajar. Hoy todavía no ha vuelto. Permaneció buena parte del embarazo encamada, el último mes en el hospital, «porque hasta en la Residencia estaban un poco a ciegas porque no sabían a lo que se iban a enfrentar». A las 33 semanas de gestación, los bebés nacieron mediante una cesárea. Pesaron casi dos kilos.
Las pasadas Navidades rememoraron aquella época en casa. Lo tienen todo grabado en vídeo. «Se veían llorando en la incubadora y una de ellas comentaba que qué fea era. Lo pasamos muy bien y nos reímos un montón viendo las cintas», recuerda su madre. En cambio, no hubo mucho tiempo para la risa cuando, a los 20 días de dar a la luz, el matrimonio llegó a casa con los cuatro bebés. «No sabíamos lo que nos venía encima. Empezamos una nueva vida».
Pizarra con turnos
Una nueva vida en un nuevo hogar. El piso de 60 m2, un cuarto sin ascensor, no era, a todas luces, lo más apropiado. Se tuvieron que mudar. También cambiaron las rutinas, adaptándose a una organización casi militar. «Pusimos una pizarra con los nombres y tomas de cada uno. Hacíamos turnos de 4-5 horas». Además de las padres, contaron con la ayuda de otros allegados, de vecinos, amigos, primos... Durante seis meses, en casa de los Maiztegi-Domínguez la noche no se distinguía del día. «La vecina, cuando su marido se iba a trabajar a las cinco de la mañana, venía a echarnos una mano. Mi tía, cuando se desvelaba de noche, también». Las jornadas eran extenuantes. «Cuando acababas de darle el biberón al último, tenías que empezar con el primero».
Vicky, quien tardó casi dos meses en recuperarse del alumbramiento, reconoce que «es imposible» sacar adelante a cuatro bebés de la misma edad sin ayuda externa. «No imaginábamos que iba a ser tan duro. Menos mal que nuestro entorno se ha volcado. Cuando venía alguien a casa, le dábamos un niño y un biberón». Durante los dos primeros años de vida también contaron con la ayuda, durante 8 horas diarias, de una persona sufragada por el Ayuntamiento de Ordizia y la Diputación. «Me ayudó mucho. Cuando mi marido se iba a trabajar por lo menos no me quedaba sola».
Aquellos primeros años tuvieron etapas especialmente agobiantes: cuando a los bebés les comenzaron a crecer los dientes, cuando se ponían enfermos, cuando empezaron a andar o cuando les quitaron los pañales. En aquella época, salir de casa era una odisea. «Les vestías a los cuatro y uno se vomitaba y había que cambiarle, otro se meaba...». Total, «que cuando salíamos ya era hora de volver».
Con dos años comenzaron a ir al colegio público Urdaneta. Primero estuvieron divididos en dos aulas, ahora cada uno está en una gela diferente. «Tienen personalidades distintas». Comenzaron a crecer y las preocupaciones mutaron. Del cansancio físico pasaron al desgaste psicológico. Ahora «son más independientes y autónomos». Saben que en casa hay mucho trabajo y hay que arrimar el hombro. Pero eso no evita que en ocasiones haya jaleo. «Dentro de un orden, en la casa hay momentos caóticos. Por la mañana vestirse, desayunar, preparar las mochilas... Por la tarde, que hagan los deberes es también una odisea. Los quieren hacer juntos, pero que uno hace una cosa, otro otra, que uno copia... Cuando les acuestas, se levantan y se ponen a jugar. Son más desobedientes».
Todos a una
Y han hecho piña. Si en casa se rompe algo, nunca hay culpables. Todos a una, como en Fuenteovejuna. Vicky, quien ha aprendido a superar con tesón las malas rachas, tiene memorizada una extensa agenda extraescolar: primero hay que llevar a unos a Kenpo, a las chicas a gimnasia rítmica, a flauta, a catequesis, a deporte escolar... Los fines de semana, ya empiezan a pedir planes distintos.
En mayo, los cuatrillizos de Ordizia recibirán la primera comunión, un mes después de cumplir 9 años. En este tiempo, Vicky y su marido han pasado momentos muy duros. «Había instantes de tal desesperación que ya no podía más». Los cuatrillizos dan mucho trabajo y preocupaciones, como los chicos de su edad pero multiplicados por cuatro. Pero también momentos de alegría y satisfacciones. «Por supuesto. A mí me han visto llorar de impotencia. Pero luego te viene uno y te dice que te quiere más que a nadie y que eres la mejor madre del mundo...».
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